Artículo de Álvaro Ibáñez (Alvy), Microsiervos

Una gran idea de cara al futuro del diseño de los espacios de trabajo en grandes oficinas es la utilización de técnicas matemáticas avanzadas y software de inteligencia artificial. La idea no es nueva, pero lo cierto es que actualmente es mucho más fácil que en el pasado programar este tipo de sistemas que son capaces de probar infinidad de diseños para que optimicen ciertos “objetivos” marcados. Las reglas que se siguen son algunas que permiten puntuar cada uno de los diseños, hacerlos evolucionar y acercarse de ese modo a una solución que contente a todo el mundo: trabajadores, arquitectos y decoradores.

En el estudio arquitectónico The Living presentaron uno de estos proyectos dentro de los espacios que facilita Autodesk Research, uno de los laboratorios de investigación de la famosa firma de software. El resultado fue bastante llamativo.

El planteamiento del problema es sencillo: se parte de un espacio determinado como, por ejemplo, la planta abierta de un edificio y se entrevista de forma electrónica a todos los que van a trabajar allí. De este modo, se pueden establecer las relaciones de trabajo (quién debe estar cerca de quién), las preferencias (pasillos o ventanas) o las cuestiones prácticas (quién se mueve más frecuentemente y necesita estar más cerca de la puerta o los pasillos). También se tiene en cuenta si algunas personas deben estar cercas de cierto equipamiento (máquinas, almacenes) o incluso si alguien tiene preferencias por estar cerca (o lejos) de la cocina o las salas de reuniones.

Todos esos datos se vuelcan entonces en una gigantesca matriz de datos multidimensional y es cuando un algoritmo de diseño generativo comienza a trazar posibles planos para la oficina. En cada interacción se valora el resultado puntuándolo en función de las necesidades marcadas. El siguiente paso es “evolucionar” el diseño variando ligeramente algunas opciones y recalculando. Y así sucesivamente.

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La combinación de esta evolución casi natural hacia opciones mejores, combinada con la consecución de los objetivos marcados que persiguen los algoritmos de inteligencia artificial, reiteradas miles de veces, permite aproximarse al resultado óptimo –aunque también los responsables humanos pueden variar algunos de los factores según su experiencia.

En uno de los proyectos se trazaron y evaluaron más de 10.000 planos de una misma planta para calcular cuál era la mejor ubicación para las zonas comunes, las zonas de paso y cubrir todas las necesidades personales posibles. En un alarde de “originalidad” el software descubrió que con esquinas de 107 grados (en vez de los 90 grados que hubiera elegido de forma natural un arquitecto humano) el resultado mejoraba: había zonas más amplias y luminosas, menos distracciones visuales y mejores pasillos de comunicación.

 

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