Artículo de Álvaro Ibáñez (Alvy), Microsiervos

 

Los espacios de trabajo de las tradicionales oficinas han evolucionado mucho desde el último siglo; desde lugares en los que se priorizaba el trabajo manual a los entornos flexibles e intercambiables de la actualidad. En los 80 se abogaba por los cubículos y los grupos de trabajo reducidos, mientras que con el comienzo de siglo el término open space era la máxima que ubicaba a los trabajadores en espacios comunes, espaciosos y –por qué no decirlo– también más ruidosos a veces.

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La revista Wired considera que estos cambios reflejan la actitud cambiante de los trabajadores hacia el trabajo pero a lo largo del tiempo ha habido un sinfín de factores más allá de la actitud que han influido en cómo se distribuían estos espacios: el trabajo en equipo o por contra la necesidad de privacidad, el uso de la luz artificial, los espacios mixtos para hombres y mujeres, la importancia de la relajación y el confort, la necesidad de lo funcional…

Según Niki Saval, autor de Cubed: A Secret History of the Workplace, un libro sobre la historia de los espacios de trabajo, hay mucha ironía en el asunto. Lo dice porque los trabajadores –inicialmente subyugados por poderes que gestionaban lugares como los scriptoriums o las contadurías– acabaron imponiendo sus necesidades y criterios sobre quienes poseían los espacios y diseñaban las oficinas, sus amos y señores. Y al igual que la arquitectura de las ciudades ha evolucionado hasta el estado actual, las oficinas son ahora lugares más eficientes, adecuados y agradables en los que pasar muchas veces la mayor parte del día – al menos si descontamos el periodo de sueño.

La evolución a lo largo de los siglos llegó hasta el siglo XX desde los espacios oscuros con estanterías, papeles y archivos por todos lados. En una primera época, la conocida como taylorismo, los espacios eran muy cuadriculados, con mesas iguales para todos los trabajadores en busca de la eficiencia y de que un supervisor pudiera controlar al mayor número de personas. Décadas después llegaría el concepto denominado Action Office que permitía a los trabajadores moverse con mayor libertad de unos puestos a otros, contar con varios niveles en altura e incluso algunos elementos móviles, como paneles o archivadores. Los alemanes hicieron con el denominado bürolandschaft de los 50 que se pudieran incluso diferenciar zonas según su función –empleando para ello mesas de distintos tamaños o en diversas configuraciones, aunque con espacios abiertos y sin divisiones.

Las “granjas de cubículos” fueron una forma de entender las oficinas en los 80: ligeros paneles dividían el espacio entre mesas, proporcionando un mínimo de privacidad –a costa de un aspecto quizá demasiado de ganadería tradicional. Eso sí, bastaba levantarse o alzar la vista de cubículo a cubículo para una comunicación informal. La película Trabajo basura (Mike Judge, 1999) es tal vez la mejor muestra de la aberración que puede alcanzarse con un espacio de este tipo –en este caso con un grupo de informáticos trabajando para la corporación más aburrida del mundo.

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Con la llegada del nuevo siglo llegaron también nuevas ideas. En vista de que los trabajadores necesitan comunicarse en red como parte de equipos multidisciplinares, los espacios como las salas de reuniones y relax informales fueron ocupando poco a poco un espacio. No todo el mundo prefería trabajar sentado, dependía del ordenador o maquinaria con la que tuviera que trabajar. Y la sala del café ya no era solo para preparar cafés; en muchas había ya enchufes para los ordenadores, pizarras para apuntar ideas y similares. Y aunque se sigue necesitando algo de intimidad esto también puede simplemente sugerirse en vez de colocar un muro o un despacho. Incluso hay quien dispone de espacios especiales en los edificios para conseguir la conciliación entre la vida personal y el trabajo: guarderías, espacios para mascotas, pequeñas tiendas, gimnasios…

Actualmente muchas empresas no dependen ya tanto de quienes están asignados a trabajar en una oficina concreta sino de un equipo más amplio que va y viene entre diferentes sucursales o regiones. En ocasiones hay consultores o especialistas que se incorporan por cortos periodos y el uso cada vez más amplio del teletrabajo lleva a una obligatoria despersonalización de esos espacios. Esto es a la vez más eficiente y tiene otras ventajas, como poder optimizar el coste de los espacios de trabajo y el mobiliario o la posibilidad de dispersarse por varias ciudades donde estén las mejores condiciones económicas. En muchas oficinas simplemente hay mesas y al principio del día quien llega se aposenta en los huecos libres libres – sin nombres asignados. El wifi corporativo y el teléfono móvil hacen el resto; la oficina ya no ha de tener “atado con un cable” al trabajador como sucedía antiguamente. Si acaso para cargar el móvil y el portátil, pero no con cadenas.

Foto | Blueprint (CC) Wokandapix @ Pixabay; London Mozilla Workspace (CC) Wikimedia

 

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